En julio de 2010 cuando Elizabeth Alanya Sánchez fue atacada por su exconviviente Julio César Jaime Sal y Rosas, increíblemente en nuestro país no había una ley de feminicidio. Sal y Rosas quemó su rostro, tórax y brazo izquierdo con agua hirviendo mientras ella dormía. Su sufrimiento, inmerecido e injustificado, visibilizó la urgente necesidad de tener una legislación específica. Hoy, ocho años después, Elizabeth no esconde palabras en ella, relata con valentía lo que ocurrió aquella noche y desnuda sin miramiento un sistema de justicia que nuevamente parece darle la espalda. 

 “Nunca pensé que él había estado planeando algo, me quedé profundamente dormida y como a las 3 de la mañana me desperté gritando cuando él me vació el agua y vi que salió corriendo”.

Fue un vecino quien auxilió a Elizabeth. La llevó al Hospital Loayza, de donde -cuenta- a las pocas horas de ingresar por emergencia la regresaron a casa apenas con una receta de pastillas y cremas. “Después de dos días cuando ya la prensa se pronunció vinieron del mismo hospital a recogerme de mi casa y ahí sí me asistieron (…) Pudo hacerse infección, yo estaba dejando de respirar y me hinchaba más, ahí recién empezaron con el tratamiento. A muchos nos pasa eso, vamos al hospital y nos regresan con todo”, señala. 

Tuvo que transcurrir un año y medio del ataque a Elizabeth para que finalmente en diciembre de 2011 se tipificara el delito de feminicidio en el Perú. Así, sin proponérselo, se convirtió en un símbolo de lucha y su historia promovió esta mejora sustancial en el Código Penal peruano. Pero ese cambio no alcanzó entonces ni alcanza hoy para protegerla a ella. Su agresor sólo fue sentenciado a ocho años de cárcel por lesiones graves - violencia familiar, y su condena vencerá este 19 de agosto, fecha a partir de la cual quedará en libertad. A 67 días de que el hombre que quiso desfigurarla y probablemente matarla deje la cárcel sin antecedentes ni historia porque ya cumplió su condena, ella teme que llegue el amargo día en el que tenga que verlo a la cara otra vez.

Mientras cambia el hilo de su máquina de coser en un mercado del centro de Lima donde trabaja confeccionando maletines, Elizabeth me cuenta que luego de la brutal agresión que recibió de parte de Sal y Rosas, él la llamó por teléfono varias veces desde el penal de Lurigancho. Jamás lo atendió, y con el pasar de los años ya no hubo más llamadas. "No me interesaba conocer su mensaje, yo sólo quería vivir. Producto de mis quemaduras y lo traumático de mi apariencia, mis hijos no me vieron durante un mes". Cuando al fin se reencontró con ellos en un abrazo quieto, lleno de urgencia, el mayor de sus hijos que en ese momento tenía 14 años le dijo: “Mami voy a crecer, y cuando yo crezca no te van a hacer esto”. 

“Veinte días antes de que me quemara yo fui a denunciarlo a la comisaría porque me jaló el cabello. Allí no me hicieron caso y regresé a trabajar”.

Con Elizabeth se cumplieron todas las negligencias posibles que un Estado indiferente con la violencia de género puede cometer. No sólo la comisaría, también el hospital la regresó a su casa cuando claramente su vida estaba en riesgo y los médicos legistas determinaron sólo lesione leves y gracias a ello el diligente juez del séptimo juzgado penal de Lima dejó libre a Sal y Rosas, lo que le dio tiempo para amenazar a la familia de Elizabeth, mientras que a ella los doctores trataban de reconstruirle la vida con injertos de piel.

La policía tuvo que recapturarlo, y la presión de los medios hizo lo suyo. Pero yo me pregunto ¿cuánto hemos avanzado, aprendido, evolucionado desde aquel entonces, desde el año 2010?

Elizabeth fue la primera Eyvi, con la enorme diferencia de que sobrevivió para relatarlo. Y es inaudito que ocho años después de todo lo que tuvo que pasar, sea ella misma la que nuevamente tiene que reclamar por un poco más de justicia porque su agresor está a punto de dejar el penal, y ella no tiene protección.

Elizabeth con Yatzyl, su nieta.

“Vamos a pedir garantías para que no haya acercamiento ni comunicación con Elizabeth. El juzgado tiene en teoría 72 horas para calificar nuestra demanda, pero en promedio los juzgados tardan un mes porque ven todos los temas de familia, no tenemos juzgados especializados para tratar la violencia de género”, advierte preocupado Roberto Miranda, abogado de Elizabeth.

Y vamos más allá. Nuestro país ni siquiera cuenta con un registro de agresores que le permita a Elizabeth o a cualquier otra mujer saber quién es realmente ese hombre que se le acerca. Está claro que nadie puede permanecer en prisión cuando ya cumplió su condena, pero está claro también que en el país no hay protección, no existe todavía un programa de amparo a la víctima, ni un tratamiento post penitenciario que le permita a las autoridades determinar el lugar de residencia, trabajo, con visitas sociales para saber si ese egresado de la cárcel se enmendó o sigue siendo un peligro para otras mujeres.

A Elizabeth Alanya le debemos mucho, y con esta desidia la estamos olvidando. Las quemaduras y las lesiones hoy imperceptibles en su piel gracias a su asombrosa recuperación, son las marcas de una sociedad que debería resistirse a morir a manos de un feminicida, o de muchos.

Si Elizabeth pudo, ¿por qué nosotros no podemos terminar con el machismo y la misoginia? Si ella no sucumbió, por qué nosotros no le reclamaríamos a esas autoridades pasivas, muertas ya, pero por su falta de voluntad para hacer bien su trabajo. No podemos seguir permitiendo que el Estado sea más violento que el mismo agresor.

Y que se entienda bien, porque esto es grande. Hablamos de mujeres poderosas capaces de pelear por sobrevivir 38 días desde la cama de un hospital como lo hizo Eyvi Ágreda, mujeres que quizá ya no estén entre nosotras pero cuyas madres continúan la batalla ante alguna instancia pusilánime del Poder Judicial que les bosteza en la cara y ordena sin culpas libertad para el agresor; o mujeres como Elizabeth, que después de ocho años, cuatro cirugías reconstructivas, 28 injertos de piel de cerdo, 33 días hospitalizada y un año sin poder trabajar, hoy tiene el valor de sentarse frente a una máquina de coser y así contarnos su historia que no debe ser invisible. 

“Cuando vi lo que le pasó a Eyvi reviví mi caso, a ella también la atacaron desprevenida, no hay forma cómo defenderse o escapar (…) Las cosas siguen igual y por eso la gente se ríe, los hombres se ríen y siguen maltratando porque saben que no hay una ley que los va a castigar fuertemente. ¿Y la que está dañada, cortada, así quemada? Los políticos no hacen nada por nosotras”.

Elizabeth también me habla de sus cosas. En un determinado momento dice. “Ahora soy abuela, mi primera nieta acaba de cumplir seis meses y se llama Yatzyl”. Me quedo callada unos segundos, alzo la mirada y ahí está ella sonriente acomodándole el babero como si nada hubiese pasado jamás. Yatzyl aún es muy pequeña para comprenderlo, pero la mujer que la carga está hecha de entereza pura. También de ternura. Y así, Elizabeth nos muestra las razones del amor por la vida que merece vivir, EN PAZ.


(Fotos. Perla Berríos)